Día turbio donde las nubes son fantasmas que atormentan desde arriba
donde poso la mirada para no ver lo de abajo. Siento el peso del cemento que me
tumba hasta llegarme al pecho. La sangre no coagula. He perdido tanto aire que
siento que me mareo. Las gotas de lluvia empiezan a caer sin más, sin preguntar
se meten por mis ojos y recorren mis mejillas. Toman impulso desde arriba
dejando mojado al tiempo. El olor del asfalto me da calma y es tan cálido.
Superficial es la tranquilidad que me aporta cada rayo, cada trueno. Veo a la
gente protegerse con paraguas grises, negros. Andan cabizbajos acelerando el
paso caminando por debajo de balcones. Caminan mirando al suelo mojando sus
calcetines a través de los zapatos, algunos con mocasines. ¿Y a quién le
importa a dónde vayas o si pisas un charco? Pocos osan caminar con la cabeza
alta dejando mojar sus pómulos, su frente y toda la cara. Muchos pasean otros
corren, unos disfrutan otros no encuentran la armonía. Entonces llego a casa y
me siento delante de la ventana en esa silla vieja que huele a madera mientras
siento el olor a carretera mojada. Y ya no pasa nada, he podido encontrar la
calma que necesitaba. Cojo entre mis manos el peso de mi vida y entonces lo
decido que todo tiene un final. Todo se acaba. Por eso quiero que el último día
sea una penumbra de sonrisas. Días de lluvia, de tormenta que a mí me alegran
pero que a otros les da grima. El último rayo, la última sonrisa.
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