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lunes, 23 de julio de 2012

Una lucha inexpugnable.

Eran las cinco de la mañana y no podía dormir. Fue a la cocina y se preparó un vaso de colacao. Calentó la leche. Mientras tanto, observaba el microondas cómo apaciblemente y sin prisa daba vueltas y más vueltas.. Fue allí cuando se sumergió en una sumisa brisa de recuerdos. Cerró los ojos con fuerza. Recordó aquella tarde en la playa. Caminaba por la arena. El agua tocaba sus pies dejándolos algo gélidos por el viento que soplaba de tramontana. Alzó la vista y miró hacia el mar. Un barco en la linea del horizonte lo cautivó. Tropezó y cayó. Un gran bulto de arena lo tiró. Vio que sobresalía lo que era la punta de una caja. La desenterró. Era una caja muy bonita pero la arena le estropeaba la belleza. El ruido del microondas le sobresaltó. Abrió los ojos y sin moverse seguía mirando el vaso. Volvió a recalentar la leche. Se sentó en la silla y volvió a cerrar los ojos. Esta vez estaba en el desván. Sentado en un viejo colchón. Abrió la caja y una luz intensa le cegó.
 Cerró la tapa de golpe. El corazón le latía a mil por hora, pero volvió a abrirla esta vez no abriendo los ojos del todo. Los achinó y con una mano evitaba que le tocaran directamente a los ojos. Sacó un trozo de papel que había dentro. ''Si el tesoro de Villaverde quieres encontrar, busca la llave del cofre para abrir la pregunta más deseada. Recuerda que no todas las preguntas están en el mar, sino en sus proximidades más allegadas''.


Éstas fueron las palabras escritas en aquél trozo de papel.
De nuevo el ruido del microondas le sobresaltó. Fue a coger el vaso, pero estaba tan caliente que tuvo que dejarlo caer. El ruido del cristal estalló contra el suelo. No se movió. Se quedó pensando. Corrió hacia el desván. Cogió la nota que había escondido junto al arcón. Lo leyó varias veces. Fue a su habitación, se vistió con lo primero que encontró. Cogió una linterna y se apresuró a llegar a la playa. Camino por la orilla alrededor de una hora. Al fin llegó. Se paró frente a la ribera y observó la entrada a una cueva que había en la otra punta de la playa. Se quitó los zapatos, se arremangó los pantalones y caminó hacia ella. De nuevo volvía a sentir el agua gélida.


Un escalofrío le recorrió el pecho. Cayó de rodillas. Una luz le golpeó los ojos. Al abrirlos, vio que estaba en la playa justo donde había encontrado el cofre. Se levantó. Sacudió la arena de sus rodillas y se giró. Allí estaba. El mismo montón de arena con la misma punta de la caja sobresaliendo de la grava polvorienta.


Se puso blanco. Volvió a desenterrarlo. Se dirigió a casa. Lo abrió. La misma luz, el mismo papel. Las mismas palabras.


Acaeció la noche. Con los mismos harapos salió de casa a hurtadillas. Fue hasta la entrada a la cueva. Respiró hondo. Cerró los ojos y empezó a caminar empapándose los pies. Algún que otro pez rozó su piel. Eso le sobresaltaba. Volvió a caer de rodillas. La misma luz, la misma arena, el mismo cofre.


Así sucesivamente lo que pareció una semana. El tiempo pasaba muy deprisa. No recordaba lo que hacía en grandes intervalos de tiempo. Se convenció de que sería la última noche que lo intentaba. Cogió sus cosas y se dirigió al mismo sitio que había estado visitando todos esos días. Ésta vez se sentó a la orilla. Observó la entrada a la oscuridad durante un par de horas. Sacaba y guardaba la nota una y otra vez. Releyéndola. Memorizándola. No entendía qué hacía mal.


Buscaba algún tipo de juego de palabras. Pero no encontraba nada. No veía nada extraño en aquella agua. En aquél aire.


Al fin se rindió. No entendía las preguntas. No infería las respuestas. Estrujó la nota y la tiró al mar. Con paso decidido volvió a adentrarse en aquél piélago. A mitad de caminó un fuerte pinchazo le aturdió el corazón. Ésta vez había llegado más lejos. Miró hacia la cueva y vio una luz. Entonces escuchó voces. Susurraba su nombre. Cada letra se la iba llevando el viento. Se quedaba sin fuerza. Sentía que cada miembro del cuerpo se empezaba a dormir. Estrepitosamente cayó de espaldas. El ruido del oleaje ensordeció la caída.
Todo estaba oscuro. Empezaba a faltarle el aire. Bruscamente abrió los ojos y se sentó de golpe. Todo le daba vueltas. El cuerpo le convulsionaba. Se acercaron dos hombres y una mujer. Vestidos de blanco. Le cogieron por los brazos e intentaron tumbarle. La mujer le clavó una aguja. Empezaba a tranquilizarse. De pronto sus padres entraron por la puerta. Sin saber por qué lloraban. Su madre abrazaba a su marido con fuerza.
Todo se volvió mucho más nítido. Todos le miraban. En su perplejidad, les devolvía la mirada. parecía muy confusa y perdida a la vez. Sus ojos se pararon en la mesa al fondo de la habitación. En él había una caja. Muy parecida al cofre. Pese a no estar muy lejos, no podía distinguirla.


Uno de los médicos se acercó a la ventana haciéndole gestos a su padre para que fuese a hablar con él. Su madre se acercó y empezó a darle besos por toda la cara. Pero era incapaz de mirarle a los ojos. Simplemente, lloraba. Cuando su llanto cesó y se hizo más leve, no pudo evitar escuchar parte de la conversación que tenían el doctor y su padre.
''Se ha despertado del coma, podrían haber secuelas. Es imposible que en ese estado le hagan ningún tipo de preguntas. ¡Por el amor de dios!'', decía su padre. A lo que el médico le respondía, ''Lo comprendo, pero la policía únicamente hace su trabajo. El accidente ha podido no ser tan accidente, entienda eso.'' No agradó demasiado la respuesta a su progenitor. ''Y una mierda, accidente.''
Eso último no lo entendía. No sabía por qué estaba allí. Sólo quería saber dónde estaba la entrada a la cueva.
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Pasaron los días. Cuando las enfermeras no estaban o era de noche, siempre se levantaba e intentaba abrir el cofre. Pero no encontraba la llave. No sabía cómo abrirlo. Intentaba recordar pero no aludía ningún pensamiento a ninguna llave.


Al fin le dieron el alta. Desde que salió del hospital no dijo ni una sola palabra. Sólo quería llegar a casa y que todos durmieran para poder salir. Y así lo hizo.Fue hasta la playa e intento encontrar aquella cueva. Cosa que hizo sin éxito alguno. Lo repitió varios días hasta que tres semanas después dio con el sitio.


Tenía miedo. No quería pasar por allí y volver a aparecer en la orilla de la playa, de día, junto al cofre. Así que tomó otro camino. Por los escollos.


El camino era algo rocoso. Muy estrecho. Tenía que apegarse a aquella pared pedregosa. Se resbaló un par de veces y creyó caer. Se paró en seco. Observó el mar desde aquellas alturas. Observaba el reflejo de la luna en el agua. Respiraba aquél aire con sabor a campo. Volvió a ponerse en marcha. Un escalofrío volvió a recorrerle, pero ésta vez no se desvaneció ni se desapareció. Cerró los ojos con fuerza deseando no moverse de allí.


Imprudentemente siguió caminando con los ojos cerrados. Movía los pies en línea recta. Hasta que llegó a una pequeña curva que no pudo ver. Dio el último paso pero ésta vez sin tocar suelo. Se abalanzó sobre las rocas que había en la apertura de la gruta. Se encontraba allí rozando el agua. Con los ojos abiertos, desorbitados.


El agua de vez en cuando le golpeaba la cara, pero no podía moverse. Poco a poco sus párpados se hacían más y más pesados. Hasta que volvió a desvanecerse. Al abrir los ojos se encontró delante de aquél vaso de leche dentro del microondas. Abrió la pequeña puerta. Cogió el vaso. Ardía en sus manos pero parecía no dolerle. Soportaba el dolor.


De repente su rostro expresaba felicidad. Sonreía. Creía haberlo entendido todo. Tiró el vaso al suelo y salió corriendo. Se dirigió al mismo lugar. La misma cueva, el mismo olor salino, la misma esperanza.


La misma pero última sumersión en un coma insidioso e inexpugnable del cual nunca encontraría la llave.










- En honor a @MissMiserias

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