Quiero enseñarte el lado más oscuro que me invade. Un corazón desaforado, exhausto y sin ganas de amar. Un corazón maleado por palabras, lances. Siempre callado. Un corazón cual boca fue cosida por la aflicción.
A su pesar, han sido años repletos de afectos nimios, trances desoladores que sólo aquél que pudo vivirlos sabe narrarlos. Años que te enseñan a personificar cada una de las palabras más intensas inventadas. Palabras encarnadas en el dolor, en el cansancio. Pues el dolor no es el mismo según el corazón.
Nadie entiende el significado de levantarse todos los días entre golpes áridos. El miedo constante a no saber vivir. Nadie entiende cual es el sabor amargo de la sangre recorriendo las encías en ayuno. Acostarse día y noche pensando que podría ser la última. Dormirse incitando a la vida a exhalar el último suspiro. Rogarle a un Dios hipotético para que te salve de lo que ningún ser humano ha sido capaz de ampararte. Una desesperación constante.
Cierro el acto con un suspiro. Suspiro que encierra mil recuerdos. Recuerdos repletos de agonías con un afán indispensable de inexistencia. Recuerdos de los que tal vez algún día, hablaré sólo para mí.
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